Era un año del cual no recuerdo bien su fecha exacta. Toda la gente del pequeño pueblo, apegado a sus tradiciones y leyendas, se preparaba para el gran festival. Uno podía mirar a su alrededor y descubrir una cantidad inmensa de maravillas artesanales, realmente las personas de este oculto poblado cuidaban sus costumbres y las transmitían de generación en generación. Al pueblito le llamaban El Nido de la Luna, pues se encontraba entre montañas, en un valle paradisíaco, al que solo comerciantes esforzados lograban ingresar para hacer las entregas mensuales de mercadería a los locales que abastecían a la población.
Había allí, una muchacha que cargaba con el nombre Siomara, y digo cargaba porque era objeto de burlas constantemente en su colegio, debido a lo poco usual de su nombre. Claro, en su escuela, los Andrés, Rodrigo, María, Sofía, abundaban, pero su nombre era único, y por único, terminaba pagando las consecuencias del vacío y de las desventuras permanentes. A pesar de esto, la muchacha tenía fortaleza, o al menos eso pretendía demostrar.
Se arreglaba para el Festival de la Luna, que ese día llegaba a su culminación. Un vestido blanco, una cinta celeste como fino cinturón, y una bella flor color azul cielo, hacían deslumbrar y resaltar la belleza innata de aquella jovencita. Sus suaves y brillantes cabellos cafés caían delicadamente por su espalda, como si fuese una cascada depositando su contenido en un arrollo. Su piel trigueña y sus bellas facciones la hacían admirable. Por último, sus ojos azules reflejaban esperanza, vida, dicha y un brillo único, aunque su corazón llevara una pena insuperable.
Salió de su casa sola, su abuela la esperaba en uno de los puestos de la feria del festival, miró hacia el cielo y vio muchas constelaciones. A ella le encantaba mirar las estrellas, y por lo mismo había averiguado algunas cosas sobre estos astros. Había nacido en abril, por lo que su signo era el carnero, del cual sabía su ubicación, se encontraba a la derecha de tauro, cerca del Pegaso y de un triángulo muy agudo. La buscó aquella noche, pero le costó, la zona estaba muy iluminada debido al período festivo.
Cuando iba llegando, el grupo de compañeros de escuela estaba cerca, trató de evadirlo, pero no pudo, ellos la siguieron, y a vista y paciencia de algunos pueblerinos la comenzaron a fastidiar. La pobre niña trataba de hacer oídos sordos, pero no podía. Era una noche especial para ella, por lo que andaba más sensible de lo normal, y al ver cómo se burlaban de su nombre, cuyo principio lo inició su madre, fallecida el año anterior; la muchacha no logró evitar las lágrimas, situación que para los demás, más que un escarmiento resultó ser un trofeo, verla llorar era lo máximo. Quizás esta etapa sea más cruel de lo normal.
Siomara corrió por entre medio de la gente, con sus ojitos cargados de dolor. Su abuela la vio y se preocupó, pero cuando intentó alcanzarla, ya la había perdido de vista, aunque tenía una idea de a donde se dirigía. La niña llorando se tiró a un prado que solo se iluminaba con las luces del cielo, y desde allí, con sus ojitos humedecidos miraba sus constelaciones favoritas; la del carnero, con Hamal, Tauro, con Aldebarán, las tres Marías, la constelación de Pegaso, y por supuesto, la vía láctea, que se veía perfectamente desde esa ubicación.
Se había quedado dormida, cuando de pronto una luz, un destello cegador la despertó, parecía una diosa y le hacía señas para que caminara hacia ella. La jovencita no lo dudó, algo había en esa imagen que le inspiraba una confianza tremenda. La luminosa mujer le tomó la mano y juntas se elevaron al cielo, por entre algunas nubes que apenas se notaban. La niña, poco temerosa se dejó llevar y disfrutó de la vista maravillosa que le ofrecía el universo.
Miraba la vía láctea como nunca antes la había visto, cuando de pronto se dio cuenta que estaba en la luna, junto a aquella hermosa mujer.
- Me llamo Selena, y desde aquí he visto cómo has sufrido en este último tiempo- respondió.
- Sí, es cierto, mi madre murió hace poco más de un año, y yo… y yo… - una lágrima corrió por su trigueña cara- y a mí me molestan y se burlan, ya no quiero estar más en ese pueblo, solo mi abuelita me quiere.
- Te entiendo- le dijo aquella que parecía diosa- por eso te he ido a buscar, desde hoy serás parte de nosotros…
- ¿Cómo? No entiendo…- preguntó intrigada.
- Vamos, daremos un paseo y te contaré.
En ese momento, las estrellas comenzaron a titilar más de lo normal y juntas, en una especie de acto de magia dieron vida a las constelaciones que representaban. Apareció el cazador Orión, el cisne, un Pegaso revoloteaba mientras jugaba con sagitario. Todo el universo cobraba vida, entonces, desde lejos se le acercó un carnero, y comenzó a jugar con Siomara. En ese momento Selena le dijo, que ya era hora de transformar sus bellos luceros en una resplandeciente estrella, la más bella de todas. Ella se dispuso y cerró sus ojos… A lo lejos sintió que la voz de la bella mujer se alejaba, y a la distancia escuchaba su ahora conocido bello nombre: ¡Siomara! ¡Siomara!...
La bella niña abrió sus luceros, su abuelita la despertaba repitiendo su nombre una y otra vez. La pequeña, extrañada preguntó qué era lo que sucedía.
- Abuelita, no te preocupes, sé que mi mamita está bien, de ahora en adelante seré más valiente y fuerte- dijo convencida la pequeñita.

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