Era una noche lluviosa. El asfalto de la calle relucía y sacaba chispas de agua que brillaban a contraluz. La vereda, tímidamente iluminada por unos viejos faroles, era el sendero continuo de aquel andante. Su aspecto, nada de misterioso, un transeúnte cualquiera, pero que caminaba lento, solitario y triste por la avenida principal de aquel pueblito. Quizá, más que solitario; quizá, más que triste; quizá, más que lento; quizá, vacío e invisible. Vacío, porque su amada lo había abandonado; invisible, porque solo él se podía ver. Su muerte había sido tan repentina, que aún vagaba por las calles del pueblito buscándola. Aún, después de más de un siglo.
Cosas plásticas
Hace 12 años
