sábado, 8 de agosto de 2015

El beso


Era una tarde anaranjada, en que la brisa del atardecer se llevaba los recuerdos del sufrimiento, los recuerdos de las desdichas, aquellas poesías melancólicas y sufridas; una tarde en que el universo entero se hacía cómplice del amor. Él la miró con ternura, con unos ojos enteramente perdidos, tremendamente carismáticos. Ella en tanto,  miraba el reflejo de su sentir en aquellos ojos cafés que perdidamente se entregaban a la situación. El silencio se hacía partícipe no mudo de lo que se vivía. Las hojas secas volaban al son del amor, de los sentimientos, haciendo burla de la soledad que parecía extinguirse. Una mano suave recorrió la faz del muchacho, en tanto que los brazos de él tomaban con gran respeto, pasión y extrema ternura, la cintura de aquella niña que había robado sueños y noches. El sol se escondía para darle paso a estrellas que querían mirar con curiosidad aquel instante manifiesto de Dios. De pronto, las miradas parecieron coincidir y las pupilas hicieron un ciego guiño que el corazón percibió cual si fuesen fuegos artificiales. Los latidos se unieron al son de la rapidez y de los nervios. Las mariposas entraron en los abdómenes de la pareja, dejando caer una lágrima feliz al verde pasto que sostenía aquel momento. Tras estas señales, se acercaron milímetro a milímetro, dejándose encantar con cada espacio del tiempo. Suave y sutilmente, rozaron sus labios y sintieron como si el mundo y sus riquezas no valieran nada, como si notas musicales adornaran su entorno. La suave melodía de los árboles hacía del momento algo jamás vivido. Entonces se besaron, lentamente, con pasión, con ternura, en fin, con infinito amor.
¡Sofía!, ¡Sofía! ¡Llegarás tarde al colegio! La joven se puso de pie, se miró al espejo y lloró, pues sabía que su vida continuaba siendo sinónimo de poesías y sueños.

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